Dos policías de narcoticos de la ciudad de Nueva York, “Popeye” Doyle (Gene Hackman) y “Cloudi” Russo (Roy Scheider) intuyen la llegada de un importante cargamento de heroina proveniente de Marsella.
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Las imagenes transmiten tal fuerza bruta que da la sensacion de estar asistiendo a un documental sobre la lucha del estamento policial contra los poderosos imperios de la droga organizada, relato ambientado en una ciudad de Nueva York sordida y marginal.
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Precisamente este desolador realismo de los hechos mostrados, terreno ya explorado por Friedkin en los documentales que dominaron sus inicios cinematográficos, sería una de las mejores bazas de su siguiente película, la estremecedora El exorcista (The Exorcist, 1973).
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una radiografía minuciosa y fidedigna de las técnicas de actuación de dos policías que existieron en la realidad (Eddie Egan y Sonny Grosso, que realizaron un cameo y asesoraron en el rodaje) y de su auténtico enfrentamiento contra las mafias de las drogas hasta llegar a protagonizar una de las operaciones antidroga más importantes de la historia.
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Aunque la acción no se encuentre presente a lo largo del metraje en demasía, los específicos instantes en los que se desencadena el frenesí resultan incomparables.
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